Nunca me he drogado lo suficiente como para distinguir entre un vicio y una adicción ni para conocer en primera persona lo que es un "mono" o un período de abstinencia. Pero he de confesar que tengo un problema con las patatas fritas. Las amo. Las necesito. No quiero vivir sin patatas fritas y me basta un sólo pensamiento para acabar comprando una bolsa gigante en el primer super que me cruce en el camino. Como en todo, tengo preferencias. Han de ser onduladas y con aceite de girasol. Y con sal. Las patatas bajas en sal son para débiles y cobardes. Y por supuesto, nada de chips light. Vaya moda, parece que estás comiendo todo menos patatas fritas. Si las acompaño con una cerveza bien fría, mucho mejor. Y hasta ahí, todo claro no? Vale. Pero no. Da igual que me vuelvan loca. Da igual que no pueda vivir sin ellas. Esto tiene que acabar. De repente me doy cuenta que no me abrochan los pantalones y que cuando tengo que subir escaleras estoy agotada (en serio) en el primer rellano. Además, de sanas no tienen nada, y odio profundamente no poder controlar una sola situación en mi vida. Así que, adiós patatas fritas. Esto se acabó. Lo nuestro no funciona. Me desobsesiono desde ya y me doy a la vida sana. Esta noche toca piña. (Al final va a ser que no es la bata de la farmacia lo que me hace gorda).
Novio sigue sin volver a casa. Quiero un novio? Necesito un hombre en casa? Mejor juntos o mejor living apart together? Se admiten sugerencias...

No hay comentarios:
Publicar un comentario